Avance del primer capítulo del libro El futuro es local Pasos hacia una Economía de la Felicidad, de Helena Norberg-Hodge. Traducción de Jesús Iglesias Saugar. 

 

1. Retomando el futuro

Para que nuestra especie tenga futuro, debe ser local. La buena noticia es que la senda hacia ese futuro ya se está trazando. Lejos de las pantallas de los medios de comunicación convencionales, la cruda narrativa “contra más grande mejor” que ha dominado el pensamiento económico durante siglos está siendo cuestionada por una perspectiva mucho más amable, feminista e inclusiva que coloca el bienestar humano y ecológico delante y en el centro. La gente está comenzando a comprender que la conexión, tanto con los demás como con la propia Naturaleza, es la fuente de la felicidad humana. Y cada día emergen nuevas e inspiradoras iniciativas con potencial para generar una auténtica prosperidad.

Al mismo tiempo, existe una creciente concienciación, desde el activismo de base hasta la academia, de que la economía real es el mundo natural, del cual dependemos en última instancia para todas nuestras necesidades. Solo cuando llevemos a cabo un cambio estructural en la economía actual, dejando atrás la dependencia de un mercado global controlado por corporaciones y caminando hacia sistemas locales diversificados, podremos vivir de una manera que refleje esta comprensión.

Por desgracia, nuestros líderes políticos y empresariales permanecen ciegos a éstas y otras realidades. Nos están conduciendo por una vía diferente, donde la biotecnología alimentará al mundo, Internet permitirá la cooperación global y los robots liberarán a las personas de la pesadumbre del esfuerzo físico y mental. Creen que la vida era cruel y dura antes de la era moderna del comercio mundial y la mega-tecnología, y que solo mediante un crecimiento económico cada vez mayor se pueden resolver nuestros problemas más acuciantes.

Una creencia complementaria es que otra tecnología, el dinero, de alguna manera puede generar riqueza a partir de la nada. Esta fantasía está profundamente arraigada en el sistema económico global, un sistema construido sobre miles de millones de euros de deuda respaldados por nada más que más deuda. Además, tenemos líderes que están convencidos de que el enriquecimiento del 1% de la población de alguna manera se ‘filtra’ hacia abajo y beneficia a las personas pobres. Así, apuntan a medidas arbitrarias como el PIB, la renta per cápita o la disponibilidad de bienes de consumo, cuyo incremento ‘prueba’ que sus políticas están funcionando. Pero la realidad es que los estamentos ricos se han vuelto más ricos que nunca, mientras que la mayoría de la gente debe trabajar más duro y más rápido tan solo para proporcionar refugio, educación y atención médica a sus familias.
El camino del progreso basado en la tecnología supuestamente nos iba a ahorrar tiempo pero, irónicamente, lo que ha hecho es robárnoslo: ahora debemos trabajar todas a la velocidad de la tecnología disponible. Como consecuencia, las personas estamos cada vez más estresadas, afectando enormemente a nuestra conexión con los demás, con el mundo natural e incluso con nosotras mismas.

Sin embargo, en lugar de cuestionar el papel del sistema económico en la ruptura de dichas conexiones, las personas tienden a culparse a sí mismas por no gestionar sus vidas lo suficientemente bien, por no pasar suficiente tiempo con familiares y amigos. Además de sentirnos culpables, a menudo terminamos sintiéndonos aisladas dado que la naturaleza cada vez más fugaz y superficial de nuestras interacciones sociales alimenta la cultura del alarde donde se busca el amor y la afirmación a través de medios tan superficiales como la cirugía plástica, la ropa de diseño y los “me gusta” de Facebook. Estamos ante pobres sustitutos de una conexión genuina que solo aumentan los sentimientos de depresión, soledad y ansiedad.

La narrativa dominante del ‘progreso’ no logra capturar estos costes psicológicos. Al mismo nivel también omite las amenazas inminentes del caos climático, la extinción de especies y el colapso de los ecosistemas por todo el planeta. De una importancia fundamental es el hecho de que las condiciones han empeorado, año tras año, durante varias décadas.

¿Por qué ha sucedido esto? En los últimos 40 años, el mundo ha experimentado un proceso más trascendental que la propia revolución industrial y, sin embargo, la mayoría de personas hemos sido apenas conscientes de ello. Ese proceso se conoce como globalización económica. Impulsado en gran parte a través de tratados de ‘libre comercio’ que liberan o desregulan a bancos y multinacionales, ha producido un aumento exponencial en la explotación de los recursos tanto humanos como naturales, con impactos que ninguna solución técnica puede aspirar a paliar.

Piensa en lo que ha sucedido en la esfera política. Incluso los países nominalmente democráticos han sido sometidos al equivalente de una serie de golpes de estado que sistemáticamente han extraído el poder de gobiernos electos dejándolo en manos de los negocios y finanzas globales desreguladas. Organismos internacionales como la Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional e incluso las negociaciones de la Cumbre del Clima de Naciones Unidas (COP o Conferencia de las Partes) se han convertido en centros de poder para un gobierno global de facto de bancos y multinacionales, que no se responsabiliza en absoluto de la ciudadanía y las comunidades. Cada paso en esta dirección nos ha alejado del mundo natural y la democracia real, conduciéndonos a la desintegración del tejido social y a epidemias de división, miedo, adicción y violencia.

En la mayoría de los ámbitos sigue siendo poco conocida la enorme relevancia de la desregulación sistemática. Ni a nivel de gobierno ni de sociedad civil se ha analizado este proceso desde una perspectiva global. Incluso el activismo climático ha pasado por alto en gran medida el incremento masivo de las emisiones de CO2 que ha causado la globalización a través del comercio mundial, unas emisiones que no aparecen en la contabilidad de carbono de ningún estado.

Nuestra ignorancia colectiva ha llevado a muchas personas a culpar de toda la destrucción que vemos en el planeta a la naturaleza humana o la superpoblación, en lugar de la economía. Escucho a la gente preguntar: «¿Qué les pasa a los humanos? ¿Por qué somos tan avariciosos y egoístas?». A menudo concluyen: «La raza humana se ha convertido en un cáncer. Tal vez no merecemos sobrevivir».

A medida que el sistema económico mundial ha crecido y crecido, se ha hecho extremadamente difícil ver lo que está sucediendo realmente. Muchas de nuestras necesidades básicas atraviesan el planeta varias veces antes de ser compradas: por tanto, ¿cómo podemos saber si se fabricaron en condiciones laborales justas y humanas, o qué impacto tuvo su producción en el medio ambiente? Incluso dentro de la academia, el conocimiento se ha vuelto tan especializado que los ‘expertos’ conocen poco fuera del limitado enfoque de su única disciplina. Mientras tanto, la financiación corporativa ayuda a dirigir a los estudiantes hacia materias de carreras como Administración de Empresas u otras dentro del ámbito de la ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM del inglés Science, Technology, Engineering and Mathematics); mientras que los enfoques multidisciplinarios, la ecología, las humanidades y el conocimiento experimental son empujados a los márgenes.

Gigantescas corporaciones y conglomerados de medios han ganado tanta riqueza y poder que han sido capaces de moldear no solo la política gubernamental y académica, sino también la opinión pública y el discurso intelectual. La financiación corporativa selectiva ha influido incluso al movimiento ecologista: como exploraremos en mayor profundidad en el capítulo 11, las corporaciones han establecido la agenda del movimiento ecologista global, animando a ONGs y a estados-nación a desviar su foco del cambio político fundamental a soluciones de mercado como el consumismo verde, la inversión ética y el comercio de carbono: pseudo soluciones que garantizan que el poder corporativo continúe sin ser cuestionado.

En la era de la globalización plena, lo que es ‘económico’ se ha vuelto absurdo. El pescado de Europa se transporta a Asia para ser deshuesado, y luego de vuelta a Europa para ser vendido. Cientos de miles de toneladas de heno cultivado en terrenos de regadío en una California del sur devastada por la sequía son enviadas a China.1 Inglaterra y Australia intercambiaron recientemente 20 toneladas de agua embotellada, simplemente entre sí.2 Estos ejemplos de comercio sin sentido ya no son atípicos, al revés ahora son típicos de cómo funciona la economía global.

Y a pesar de todo muy pocas personas son conscientes de todo esto. En cambio, el reduccionismo simplista, vinculado a estructuras a escala cada vez mayor, ha permitido que una narrativa tecno-optimista global domine las conversaciones sobre el futuro de la humanidad. De Netflix a las Charlas TED, de Washington DC al Silicon Valley, el cliché de una sociedad altamente tecnológica, completamente global, incluso interplanetaria, sigue siendo anunciado a bombo y platillo como el único destino posible de nuestra especie.

¿A qué se asemeja este futuro? Ray Kurzweil de Google nos informa de que nuestra comida provendrá de «edificios verticales controlados por Inteligencia Articial» e incluirá «carne clonada in vitro». Según Elon Musk de Tesla, construir una ciudad en Marte es «la clave para maximizar la vida de la Humanidad»; mientras que «30 capas de túneles» aliviarán la congestión en las ciudades de alta densidad de la Tierra. Goldman Sachs explica que la digitalización de los objetos cotidianos «establecerá redes entre máquinas, humanos e Internet, conduciendo a la creación de nuevos ecosistemas con mayor productividad, eficiencia energética y rentabilidad».

Estas ideas son elogiadas como visionarias y audaces, pero lo que prometen es simplemente potenciar las tendencias dominantes —expansión neocolonial, urbanización y mercantilización— turboalimentadas con artilugios elegantes. Lo que no nos cuentan es que, a todos los niveles, el sistema está vertiendo el recurso natural más abundante de todos, la energía humana y la mano de obra, en el cubo de los desechos. Al mismo tiempo, nuestros impuestos están subvencionando un aumento dramático en el uso de energía y recursos naturales escasos. Tenemos un sistema que está generando simultáneamente desempleo masivo, pobreza y contaminación.

Este sistema no representa la expresión de la voluntad de la mayoría: al contrario, nuestras voces han sido excluidas activamente. Pero tampoco creo que una narrativa de ‘buenos contra malos’ refleje con exactitud lo que sucede. Es cierto que las personas que impulsan conscientemente el monocultivo corporativo representan solo una pequeña fracción de la población mundial —tal vez menos de 10.000 personas en todo el mundo—, pero incluso ellas están tan hipnotizadas por modelos e indicadores económicos abstractos que a menudo son ciegas a los efectos de sus decisiones en el mundo real.

En cierta medida, el sistema nos ha atrapado a todo el mundo. Incluso las direcciones ejecutivas o CEOs [Chief Executive Officer] de grandes corporaciones y bancos se ven obligadas por los mercados especulativos a cumplir objetivos de crecimiento y beneficios a corto plazo; están sometidas a una intensa presión para mantenerse en la cumbre por temor a perder sus propios empleos y decepcionar a sus accionistas. Por ende, es el propio sistema el que debe rendir cuentas y cambiar, no los individuos intercambiables que ejercen el poder en su interior.

Pero como dije al principio, esta no es la única dirección en la que se está encaminando al mundo. Gente por todo el globo anhela los estrechos lazos de comunidad y conexión con la naturaleza con los que evolucionamos durante la mayor parte de nuestra existencia. Y de abajo arriba están presionando por un cambio fundamental de dirección. La suya no es una visión que emane desde el fetiche de algunos multimillonarios por trucos de alta tecnología o una habilidad para acumular dinero, sino desde una profunda experiencia de lo que significa ser humano.

En la sociedad civil de base de todos los continentes, las personas desde sus culturas diversas se están uniendo para volver a tejer el tejido social y reconectarse con la Tierra y sus ecosistemas. Están construyendo economías locales prósperas y comunidades intergeneracionales que brindan un trabajo más productivo y con significado. Desde huertos comunitarios a mercados de productores locales, desde espacios de aprendizaje alternativos a cooperativas y redes de comercios de proximidad: todos tienen en común la renovación de las relaciones basadas en la cercanía (lugares), que reflejan un deseo perdurable e innatamente humano de amor y conexión.

Estas iniciativas de localización demuestran claramente que la naturaleza humana no es el problema; al contrario, es precisamente la escala inhumana del monocultivo tecno-económico que ha manipulado y se ha infiltrado en nuestros deseos y necesidades. Esta comprensión se refuerza al observar lo que sucede cuando las personas vuelven a entrar en contacto con estructuras a escala humana: he visto a personas presas transformadas, adolescentes que habían delinquido que han encontrado un sentido y propósito, depresiones curadas y puentes sobre grietas sociales, étnicas e intergeneracionales.

En muchos casos, estas iniciativas nacen más del sentido común que de cualquier intención de ‘cambiar el mundo’. No obstante, en conjunción presentan un poderoso desafío para el orden corporativo y articulan una visión muy diferente del futuro. Mi organización y yo estamos en la afortunada y rara posición de recibir noticias de nuevos proyectos de localización cada semana, desde todos los rincones del planeta. Sin embargo, así como la mayoría de las personas están mal informadas sobre la globalización, también ignoran en gran medida la rápida proliferación de proyectos de localización. Incluso aquellas directamente involucradas en estos esfuerzos pueden sentirse aisladas y nadando contra corriente. En este sentido, dar un paso atrás y observar el panorama general puede dejar en el asombro de lo que el poder popular está logrando. Dados los enormes apoyos sistémicos para lo grande y global, desde ilimitadas subvenciones públicas y exenciones fiscales hacia medios de comunicación corporativos y grandes sesgos en la financiación académica, el continuo florecimiento de estas alternativas es un testimonio del poder de la comunidad: la motivación, perseverancia y fortaleza que brota cuando las personas se unen para generar un cambio positivo. Asimismo, muchas personas y grupos se están uniendo para formar redes mayores, particularmente en torno a la ‘nueva economía’, buscando aflojar el control corporativo sobre nuestras instituciones, de forma que podamos comenzar a cambiar los apoyos sistémicos favoreciendo los sistemas económicos descentralizados. Tales transformaciones contribuirían a desarrollar comunidades y democracias más empoderadas, diversas y enérgicas en todo el mundo.

Este emergente movimiento trasciende la dicotomía convencional de izquierda-derecha. Se trata de permitir que florezcan valores humanos y sueños diversos, al mismo tiempo que se reintegra la cultura en la naturaleza. Significa que las sociedades pueden avanzar hacia la eliminación de su dependencia de lejanos e irresponsables monopolios que producen nuestras necesidades básicas al otro lado del mundo mediante sistemas de monocultivo, mecanizados y de alto aporte; fomentando en cambio la producción local y artesanal para cubrir las necesidades locales. El énfasis debe de estar en las necesidades reales, no en deseos artificiales creados por vendedores y publicistas en un esfuerzo por avivar los hornos del consumismo y el crecimiento ilimitado.
La localización implica salir de las burbujas de especulación y deuda altamente inestables y explotadoras, y volver a la economía real: nuestro interfaz con otras personas y el mundo natural. En lugar de exigir innumerables toneladas de zanahorias perfectamente rectas y descartar las que no cumplen los requisitos (como demandan las cadenas de supermercados), los mercados locales precisan de una diversidad de productos y, por lo tanto, incentivan una producción más diversificada y ecológica. Esto conlleva más alimentos con mucha menos maquinaria y productos químicos, más manos cultivando la tierra y, por lo tanto, más empleo con sentido. Significa una reducción drástica de las emisiones de CO2, la supresión de los envases de plástico, más espacio para la biodiversidad silvestre, más flujo de riqueza en las comunidades locales, más conversaciones cara a cara entre productores y consumidores, y más culturas florecientes basadas en una genuina interdependencia.

Esto es lo que yo llamo el efecto ‘multiplicador de soluciones’ de la localización y el patrón se extiende más allá de nuestros sistemas alimentarios. En el sistema ciego, desconectado y sobre-especializado del monocultivo global, he visto urbanizaciones de viviendas construidas con acero, plástico y hormigón importados, mientras que los robles endógenos son arrasados y convertidos en astillas de madera. Por el contrario, la disminución estructural de las distancias trae consigo más ojos por hectárea y un uso más innovador de los recursos disponibles. Puede sonar utópico, pero a medida que ganamos independencia de sistemas altamente centralizados y automatizados en ámbitos como la sanidad y la educación, somos capaces de reequilibrar las ratios entre professional de salud y paciente y entre profesorado y estudiante, y así abrir espacio para las necesidades y capacidades individuales.

Es completamente razonable imaginar un mundo sin desempleo; como es el caso de cada etiqueta de precio en un supermercado, el desempleo es una decisión política que, actualmente, se está tomando según el mantra de la ‘ eficiencia’ en esquemas centralizados de obtención de beneficios. A nivel político, tanto la izquierda como la derecha han asumido el dogma de ‘cuánto más grande mejor’, dejando a la ciudadanía sin alternativa real.

Cuando fortalecemos la economía a escala humana, la toma de decisiones se transforma. No solo diseñamos sistemas lo suficientemente pequeños para poder influenciarlos, sino que también nos incorporamos a una red de relaciones que permiten informarnos en profundidad para fundamentar nuestras acciones y perspectivas.

. La mayor visibilidad de nuestros impactos en las comunidades y ecosistemas locales se materializa en un aprendizaje experiencial que nos posibilita, por un lado, estar más capacitados para efectuar cambios, y por otro ser más humildes frente a la complejidad de la vida que nos rodea.

A nivel fundamental, la localización nos permite apreciar la naturaleza en constante transformación y evolución del Universo. En lugar de vivir en relación a etiquetas, mirando el mundo a través de palabras, conceptos y números fijos, adquirimos conciencia de que cada persona, animal y planta es única y cambia de un momento a otro. La localización nos brinda la intimidad y cadencia necesarias para sentir esta plenitud, y para sentir la alegría de ser parte integral de una red viva de relaciones.

Mi experiencia directa con una forma de vida localizada y mi posterior motivación para alertar sobre la globalización se produjeron básicamente por casualidad. En 1975, fui a Ladakh [India], o ‘El Pequeño Tíbet’, como parte de un equipo cinematográfico, justo cuando la región fue abierta a la economía global. Como lingüista, rápidamente aprendí el idioma ladakhi, lo que me permitió experimentar esta cultura antigua casi desde dentro. Cuando llegué, la comunidad de Ladakh y su economía basada en la naturaleza aún proporcionaban a las personas un sentido de autoestima y control sobre sus propias vidas. De hecho, enseguida comprendí que los ladakhis estaban entre las personas más libres, pacíficas y alegres que había conocido. Además, su felicidad se traducía en una notable tolerancia a aceptar la diferencia y la adversidad.

Durante la década que prosiguió fui testigo de primera mano del devastador impacto del desarrollo económico. Presencié cómo el sistema económico moderno centraliza el poder y crea una intensa competencia por oportunidades educativas y de empleo artificialmente escasas, al mismo tiempo que penetra en la psique de la infancia, pervirtiendo la necesidad universal de amor y aceptación, y convirtiéndola en necesidad de consumir. En Ladakh esto resultó ser una combinación letal que en una década condujo a la depresión, el suicidio, los conflictos violentos y la destrucción de la naturaleza.

Decidida a hacer correr la voz, impartí charlas públicas por todo el mundo y, con una nueva claridad, vi las muchas maneras en que la globalización también estaba afectando al mundo industrializado. Al regresar a mi país natal Suecia, me sorprendió que una empresa estadounidense —Phillip Morris—, ejerciera un control tan extenso sobre el sistema alimentario sueco y que la mayoría de la gente no tuviese ni idea de ello. La mayoría tampoco podía imaginar que las masivas subvenciones para la producción a gran escala y el transporte de larga distancia, ya en marcha en los 70, habían hecho que fuese económicamente ‘ eficiente’ transportar patatas en camiones a Italia, lavarlas, empaquetarlas en plástico y enviarlas de regreso para su venta.

Después de varios años de reuniones con varias organizaciones y líderes comunitarios por todo el mundo, me di cuenta de que la falta de diálogo genuino entre el Norte Global y el Sur Global, los llamados países ‘ricos’ y ‘pobres’, sostenía una falsa narrativa sobre el “progreso”.

En el Sur Global, las personas caen presas de una propaganda que muestra el estilo de vida norteamericano y europeo como tranquilo, glamuroso y libre de problemas, una falsa narrativa que es inmensamente destructiva para la autoestima cultural e individual. En paralelo, muchas personas en el Norte Global se dejan seducir por la ilusión de que las corporaciones y los gobiernos han adecentado su actuación en materia ambiental. A finales de la década de los 80 y principios de los 90, por ejemplo, los grupos ecologistas celebraron la mejora en la calidad del agua de ríos como el Támesis en Londres y el Hudson en Nueva York, sin darse cuenta de que la nueva libertad del capital para recorrer el mundo en busca de los entornos más amigables para los inversores traería como consecuencia que la mayor parte de la industria sucia del Norte se trasladase a lugares con mano de obra más barata y estándares ambientales más bajos. Realmente no estábamos protegiendo el medio ambiente, estábamos simplemente externalizando la contaminación.

Lejos de reducir el daño ecológico, hubo un aumento radical en la contaminación y las emisiones, sobre todo porque las distancias en el transporte de los bienes desde la producción al consumose incrementaron enormemente.

Un engaño similar estaba sucediendo con los empleos. Si bien a las trabajadoras abandonadas en el Norte se les dijo que sus empleos estaban beneficiando a las personas pobres del otro lado del planeta, en realidad fue principalmente la élite del Sur la que se benefició de la expansión corporativa, mientras que la mayoría vio debilitarse sus economías basadas en la tierra. Millones de personas fueron empujadas a barrios urbanos marginales donde competían entre sí por empleos que producían bienes para los consumidores del Norte, a menudo en condiciones similares a la esclavitud.

He descubierto que las personas con un pie en ambas partes del mundo pueden ver más claramente el impacto destructivo de la globalización. Pero todos tenemos la obligación de informarnos sobre las realidades en el terreno y cuestionar de forma crítica las narrativas sobre el crecimiento global y el progreso tecnológico que nos inundan a diario.
Dos caminos diametralmente opuestos se presentan ante nosotros. Uno nos está llevando implacablemente hacia un desarrollo tecnológico acelerado, a gran escala y monocultivo. Es una vía que nos separa entre nosotras y del mundo natural, y acelera nuestro declive social y ecológico. El otro consiste en reducir la velocidad, disminuir la escala y fomentar las conexiones profundas; con el fin de restaurar las estructuras sociales y económicas esenciales para satisfacer nuestras necesidades materiales y humanas más trascendentales, de formas que nutran y protejan al único planeta que tenemos.

Notas:

  1. David Pierson, “U.S. farmers making hay with alfalfa exports to China”, LA Times, 8 junio 2014.

  2. Elisabeth Rosenthal, “Environmental Cost of Shipping Groceries Around the World,” New York Times, 26 abril 2008.

 

 

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