Yo soy campesino. Tú, ¿por qué no?
Vivir de la tierra fue siempre para mí una gran obsesión. Vivir en el campo resultó una ilusión cumplida desde el día que mi madre me parió. Vivir con el campo y en armonía
con todos los seres vivos que me rodean ha culminado en gozo personal, tras un proceso activo de concienciación, a partir de experimentar diferentes prácticas en mi relación
con el territorio agrícola donde he interactuado.
La primera práctica se resume en haber trabajado de manera muy convincente en la agricultura industrial. De ella fui activista y cómplice en un primer momento. Fui afectado de un modelo que nos convierte a todos en víctimas, pero también en responsables de nuestras actuaciones, a veces,
como fruto de nuestra inconsciencia. Esta parte se saldó con el desprecio absoluto a la cultura campesina, transmitida por las personas mayores, a las que no fuimos capaces de reconocer su sabiduría en su justo término; todos ellos fueron auténticos maestros en la gestión de los territorios agrícolas, a los que se los minusvaloró y se les ignoró intencionadamente por parte de las autoridades del conocimiento.
La segunda práctica, tras el desencanto con el productivismo agrario, vino de la mano de algunos compañeros con los que inicié la aventura de un proyecto de vida comunitaria en el año 1985 en mi pueblo natal, San Cebrián de Campos. Apostamos por una vida sencilla unida a la agricultura de pequeña escala y la gestión de animales de corral para el autoabastecimiento de la comunidad. Destinábamos el beneficio monetario por la venta de algunos excedentes al apoyo y promoción de iniciativas sociales. Carlos Labrador era el compañero que más interés ponía en que los alimentos que consumíamos en la comunidad fueran de calidad. Tengo que reconocer y agradecer que, gracias a él, se fue despertando en mí —y en el resto de los miembros de la comunidad— la conciencia ecológica, perfectamente compatible con el hecho
de ser agricultor.
Los procesos de reconversión en el sector agrícola (1980-90), agudizados por la entrada en la CEE (Comunidad Económica Europea) y las luchas llevadas a cabo desde la COAG
(Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos) por la defensa de los puestos de trabajo de los pequeños agricultores fueron situándome ideológica y políticamente en otra órbita. Ya no solo comprendí que el modelo de agricultura promovido por Europa era nefasto para las agriculturas familiares y la economía primaria de nuestros pueblos, sino que estas, dentro de él, no tenían nada que hacer. Pero, además, comprendí también, la función nefasta que nos asignaban a los agricultores —indistintamente de pequeños o medianos—: ser gestores de los nuevos métodos productivos impulsados por la Revolución Verde, con su
repercusión negativa en los recursos naturales, incluidos los imprescindibles para poder ser un buen agricultor —la biodiversidad, el agua y los suelos—.
Dicha toma de conciencia me llevó a tener más simpatía por los movimientos ecologistas que por las organizaciones agrarias, que poco a poco perdían fuerza para la reivindicación campesina, a cambio de profesionalización y especialización para poder responder a las exigencias de la PAC (Política Agraria Común), una política que aseguraba las rentas de los profesionales del campo, no adquiridas por vía del mercado.
Mi relación con otros movimientos campesinos internacionales (la CPE [Coordinadora Campesina Europea] y la Vía Campesina), con apuestas políticas más clarividentes
y muy diferentes al profesionalismo agrario, basadas más en análisis y estrategias de trabajo glocales, y no tanto gremiales, me ayudaron a conectar con el campesinado
global, expresado en los movimientos indígenas, pastoriles, los «sin tierra», y el pequeño campesinado propietario de una pequeña porción de tierra para vivir.
Desde entonces, por el año 1995, decidí aportar mi pequeño grano de arena a la causa de la agricultura campesina, que, como un servidor suele decir, es la causa de la
agricultura ecológica, o viceversa. También decidí dedicar mi pequeña finca de doce hectáreas a la ganadería ecológica, colaborando con dicha práctica a la producción de alimentos de calidad, y a la vez luchando para que estos se conviertan en un derecho ciudadano. Bajo esa premisa, gestiono con criterios de sustentabilidad un pequeño porcentaje de la superficie agrícola del planeta.
Este cambio de rumbo tampoco estuvo exento de frustraciones, al comprobar cómo la propia Unión Europea intenta compatibilizar dos modelos de agricultura que son
contradictorios —el ecológico y el industrial—, colocando al mismo nivel de mercantilización a ambos. El reconocimiento institucional de la producción ecológica, mediante
reglamentos y sistemas de control hacia los productores creyentes en el acto de producir alimentos sanos para la población, pronto se convirtió en una desilusión. Comprobamos cómo el sagrado mercado, de nuevo, se apropiaba del buen hacer del campesinado para convertirlo en un nuevo nicho de negocio.
Los caminos recorridos en todo este proceso no han sido fáciles. Desaprender las enseñanzas del agronegocio se hace complicado, porque solo es posible conseguirlo si invertimos los valores del modelo de desarrollo del gran capital. Los maestros y maestras que pudieron acompañarnos en estos procesos ya casi habían desaparecido, fueron aniquilados tras la aplicación de las políticas agrícolas que escondían la vocación etnocida para el medio rural; por lo que se hace difícil encontrar a personas que vivan la dimensión del campesinado vinculado a la tierra, a la vez que sean sostenedores de la cultura rural.
Pero a los que hemos tenido la suerte de encontrarnos con algunos sabios de la tierra aún nos dio tiempo de impregnarnos de sus valores, expresados en el desarrollo creativo y en su anhelo de libertad o, en la negación de vender al mejor postor tu fuerza de trabajo, a pesar del sacrificio que supone la honrosa tarea de vivir con la tierra; sacrificio que siempre fue compensado con el hecho de ser autónomo e independiente, actor o actora de tu vida, colmado de gozo por haber actuado lo más correctamente posible con el territorio que te acoge. No esquilmándolo y mejorándolo para el devenir de
futuras generaciones.
Y así fue como fui concibiendo mi granja como un espacio de vida que había que cuidar y proteger, no como un recurso para hacer negocio. Entre mis propósitos quería
forjar la utopía plasmada en un pequeño terruño liberado de la intensificación agrícola y la especulación con la tierra, promovida por el homo sapiens capitalista; un entorno que asegurara un hábitat acogedor a los otros seres de la cadena de la vida que cohabitan con el ser humano; y un territorio que produjera alimentos sanos para mi familia y las personas de los pueblos cercanos. El reto personal y agroecológico, en mi experiencia, fue mayúsculo. Ante mí tenía un espacio agrícola muy deteriorado, suelos muy pobres con muy bajo porcentaje de materia orgánica y de humus. El entorno que acogía la superficie de la granja se asemejaba al de un desierto ante la ausencia de árboles, a pesar de ser una zona regable en temporadas de verano. ¿Qué hacer en un espacio de estas características agronómicas? ¿Cómo intervenir en un territorio agrícola mal tratado para recuperar las esencias físicas y biológicas del mismo?
Tres fueron las intervenciones más inmediatas. La primera, un tanto radical, consistía en dejar hacer a la naturaleza, intervenir en ella lo menos posible. La segunda, implicaba restaurar los suelos mediante el desarrollo de praderas con las especies asentadas en el entorno y mejorándolas con la práctica del pastoreo extensivo. Y la tercera era ejecutar un pequeño plan de reforestación que fuera compatible con la presencia de los rumiantes, dando una pequeña oportunidad a la rica flora silvestre, casi extinguida tras las prácticas desarrollistas. Las infraestructuras y las inversiones del modelo que pretendía desarrollar huían de las grandes inversiones —también mediatizado por mi bajo nivel financiero— y de dependencias tecnológicas. Reciclé materiales de desecho; evité el endeudamiento con los bancos al que te conducen todas las ayudas de la UE para modernizar tu explotación; puse en valor la sencillez y la simplicidad, viviendo en armonía con la propia naturaleza. A todo este proceso llegué a denominarlo «agricultura pobre», demostrando que no era necesario entrar en las dinámicas intensificadoras para que personas con pocos recursos económicos tuvieran un referente
de qué es posible hacer el camino del regreso a la tierra de forma diferente a la que impone la lógica del capitalismo y que impulsan y promueven las instituciones con responsabilidades agrícolas.
Aun así, una de mis grandes preocupaciones en los retos que me proponía era cómo identificar la sostenibilidad energética de nuestras actuaciones agroecológicas; averiguar si
verdaderamente en los modelos que proponemos, a pesar de ser pequeños, el balance energético es o no positivo al introducir algunos elementos externos que pueden modificar la balanza (piensos, maquinaria, etc.).
En esta visión del papel de la agricultura y la ganadería, siempre la prioridad productiva es cubrir las necesidades alimenticias de la familia; y, con los excedentes, proveer de
comida a grupos de familias cercanos al lugar de producción —lo que hoy se denomina como km cero— , a quienes, por sus ocupaciones, no les es posible producir sus propios
alimentos. Y esto hacerlo intentando huir de las dinámicas que nos impone el mercado.
En la alianza entre productores y consumidores encontramos la clave para que el modelo de agroecología campesina, que muchas gentes defendemos, pueda resistir. Dicha
relación ha de superar lo meramente comercial. Por encima del intercambio monetario percibido a cambio de alimentos está el vínculo humano para ir construyendo conjuntamente otros modelos alimentarios, que siempre tienen como trasfondo la lucha por el derecho humano a una alimentación
sana y nutritiva.
Después de más de treinta años de experimentación de la agroecología campesina, puedo decir que dicho modelo es factible, que puede ayudar al asentamiento del nuevo campesinado en el medio rural, y que es el que más se acerca a los practicados durante siglos por nuestros antepasados, quienes han demostrado con sus prácticas que es posible alimentar a sus comunidades y mantener vivos los territorios que hoy
aportan oxígeno al planeta.
La granja restaurada me permitió vivir, en su concepción más amplia —que no es hacer dinero— , y también conseguir una pequeña economía que me ayudaba a estar
integrado en la sociedad consumista de la que hago parte;pero, sobre todo, me aportó muchas emociones y sanaciones, experimentadas a lo largo de todo el proceso. Y, por eso, cuando alguien me interroga sobre cuánto dinero gano en la granja, mi respuesta siempre la acompaño de otro interrogante:
¿por qué no me preguntas sobre el grado de felicidad que tengo?
Y así la utopía fue vivenciada en las diferentes sementeras que dieron lugar a múltiples y variadas cosechas; siendo, a su vez, sostén y coherencia de mi práctica política en todos estos años, fortaleciendo las luchas que dan fuerza y sentido a la razón de ser del campesinado de la aldea global del siglo XXI.
Por eso hoy, desde mi praxis campesina, me atrevo a propugnar el retorno a la tierra como el gran desafío de la sociedad actual. Abrazándola y no agrediéndola, la tierra
puede permitirnos iniciar procesos de vidas más sanas y duraderas, más lentas y sobrias, pero más ricas en humanidad.
Retornar a la tierra supone volver a reasentarnos cerca de donde se producen los alimentos, equilibrando demografías y la capacidad de ser sostenidas en cada uno de los territorios; simplificar nuestras vidas, haciendo que no dependamos de tecnologías orquestadas por las grandes corporaciones que solo ven en ellas un negocio; y por supuesto, impedir que la alimentación no se convierta en una mercancía.
Retornar a la tierra supone ofrecer una alternativa a los grandes problemas —reducción del consumo energético, cambio climático, hambrunas, desequilibrios demográficos,
etc.— que sufre hoy la humanidad, como resultado del modelo biocida del capitalismo global. Un planteamiento que difiere de las muchas corrientes que propugnan el
enfriamiento del planeta o el decrecimiento económico, pero sin abolir las esencias del sistema, ni las grandes ciudades, asegurando así parte de la cultura etnocentrista que nos ha conducido hasta aquí.
Llegados a este punto, cabe decir que, a pesar del ímpetu con el que defiendo mi propuesta, en el día a día vamos experimentando cómo el retorno a la tierra se hace difícil.
Para conseguirlo, hay que armarse de paciencia y no dejarse engañar por fantasías, para que la razón del campesinado se
aleje de lo bucólico y se haga realidad. La vida en el campo siempre fue dura, pero muy agradecida. Si la recompensa fuera meramente monetaria, no merecería
la pena emprenderla. De ahí viene el fracaso de muchas iniciativas que desean volver a la tierra y que traducen el éxito de su aventura a meros resultados económicos, que se hacen cada vez más difíciles de conseguir ante la competencia desleal del agronegocio y los fondos buitre de inversión, con cada vez más presencia en nuestros territorios.
Cuando hablamos de ser campesinos, no estamos hablando de otro nicho de negocio, ni de una nueva actividad de las que promete el capitalismo verde; estamos hablando
de otras formas de vida. Hablamos de relacionarnos con la naturaleza y entre las personas como una parte más de ella, donde la actividad de producir alimentos es muy importante en el cometido del campesinado, pero no la única.
No tengo ninguna duda de que el recorrido personal de mi experiencia con la agroecología campesina desarrollada en mi pequeña granja (ver Anexo 1) me ha supuesto incrementar mi grado de felicidad. Pero para armar de objetividad y de sentido al trabajo agroecológico, tres fueron los principios que le dieron coherencia: huir del calendario y el horario laboral —modelo fábrica— para conectar con los ritmos del sol, más acordes con las actividades agroganaderas; hacer del territorio agrícola un espacio de vida para todos los seres vivos que interactuamos en él; y aprender a gestionarlo con criterios de sostenibilidad creíble y demostrada, poco a poco.
Todo esto implica una renuncia al productivismo y al crecimiento ilimitado, valor este que arrebata espacios de vida en forma de recursos naturales, y que condiciona y limita a
quienes desean volver al campo. Llegados a este punto, la pregunta que nos apremia es si es posible que esta pequeña experiencia personal de recampesinización, y otras muchas similares, puedan ser referentes para construir modelos parecidos y favorecer con ello el retorno a la tierra.
Yo adelanto que sí: el modelo campesino no solo está probado por unos cuantos utópicos «trasnochados». Es la experiencia vital de millones de personas que siguen viviendo
gracias a las prácticas de una agricultura a pequeña escala, que no agrede el territorio donde interactúa, que lo mejora y que permite dar de comer a la gente. Un estado más puro del significado de esta propuesta lo encontramos en el quehacer de los pueblos indígenas, ubicados en los pocos territorios no esquilmados del planeta. Gracias a su buen hacer, ante la crisis climática que hoy atravesamos, dependemos de ellos para poder respirar.
Siendo conscientes de esta necesidad, ¿por qué los gobiernos y sus políticas agroalimentarias siempre se orientan hacia el apoyo y el desarrollo de la agricultura que lidera el gran capital? ¿Cómo es posible que se siga apoyando la agricultura industrial, habiéndose corroborado científicamente que es insostenible energéticamente, destruye los suelos y la biodiversidad, elimina al campesinado mundial, fuerza el abandono del medio rural, y es uno de los sectores productivos más contaminantes y colaborador del fomento del uso de gases de efecto invernadero? ¿Por qué la academia ignoró el saber hacer del campesinado y solo incorporó en su currículo formativo los dictados del agronegocio? ¿Por qué esa misma academia hoy hace suya la causa de la agroecología, si apenas cree en ella? La respuesta no es otra que por su complicidad con el agronegocio, que también introduce en sus estrategias comerciales la bondad de la sostenibilidad. Y, peor aún, ¿por qué en muchos de los estudios que cuestionan el modelo de desarrollo actual se minusvalora el regreso a la tierra como alternativa frente al caos civilizatorio? ¿Por qué cuando se habla de desarrollo rural se margina el gran potencial del regreso a la tierra, como actividad primaria y dinamizadora de los pueblos? Intuyo que nos cuesta desaprender las falacias del sistema, al que no le interesa que existan campesinos y campesinas en el mundo.
Es aquí donde está el quid de la cuestión. El campesinado que accede a la tierra para vivir con ella se convierte en sujeto autónomo e independiente; no necesita del cúmulo de necesidades ficticias creadas en formato de mercancías, la mayoría de ellas artefactos que se vuelven contra el ser humano.
Por eso no tengo duda alguna en proclamar una y otra vez que se debe vivir con la tierra, y que no es solo una alternativa, es una necesidad apremiante para la existencia
humana en nuestro planeta. Este acto de amor —dado que solo puede producirse si somos capaces de querernos un poco— es posible productivamente, necesario energéticamente, y urgente ética y humanamente.
Repito, la agricultura campesina original es un acto de amor, de diálogo consciente de afectos a la tierra en todas sus dimensiones. Para su desarrollo nada nuevo tenemos que
inventar, solo reconstruir los sistemas agrarios de nuestros antepasados más cercanos que hemos destruido y dotarles de algunos avances que la ciencia no mercantilista pone a nuestro servicio, para mejorar las condiciones de vida y de trabajo del campesinado global. En vez de destruir agriculturas y agricultores con las políticas públicas al servicio
del mercado, es posible reconstruir y multiplicar muchas pequeñas granjas para una agricultura al servicio de la comunidad. En mi empeño de visualizar la utopía campesina, muchas veces sueño con los campos poblados de gente, donde el ruido de las grandes máquinas agrícolas fuese sustituido por las canciones de labriegos y labriegas mientras faenan; eso sí, con ritmos más lentos en sus tareas que les permitan disfrutar el trabajo mismo, cuidando el territorio y el ganado. El sueño se alarga para visibilizar muchas pequeñas granjas conectadas a las pequeñas comunidades rurales, que se autoorganizan para prestar acopios y servicios básicos desde una dimensión comunitaria, gestionados con el apoyo de excelentes profesionales con espíritu campesino. Todo esto es lo que verdaderamente permitiría reconstruir el tejido social de los pueblos hoy abandonados, dando una respuesta sensata al problema demográfico actual. El pueblo-aldea y la granja familiar-campesina tienen razón de ser en el siglo XXI: dos entidades complementarias, que se necesitan la una de la otra. La granja campesina proporciona alimentos a la aldea-comunidad tras el quehacer autónomo de la familia —cualquier modelo de familia— que la gestiona. El pueblo-aldea asegura bienes y servicios que de manera individualista no se pueden conseguir, incluido el acceso a las tierras del común, a los que podría acceder el nuevo campesinado que ya está emergiendo.
Poner al día todo el entramado sociocomunitario que permitió durante siglos mantener vivos nuestros pueblos, se hace necesario para que la propuesta campesina pueda
sobrevivir. Autonomía campesina y comunidad, es el equilibrio perfecto para conquistar nuestra independencia del poder del agronegocio, de los Estados, de las instituciones al
servicio de estos; y de todo el conglomerado de funcionarios que nos persiguen como delincuentes para asegurar que la comida sea apta para alimentarse. Mientras cierran los ojos a las tropelías cometidas por la industria agroquímica y los sistemas superintensivos de la ganadería industrial.
Este proceso nos conduciría a otro de los grandes desafíos: ir vaciando las grandes ciudades, santuarios del progreso que ha conducido al ser humano al borde del cataclismo, llenas de artefactos construidos a golpe de explotación humana y de agredir a la naturaleza de la que somos parte.
En julio de dos mil veintiuno llegó mi jubilación; a partir de ese mes, dejé de ser agricultor activo. La baja profesional se hacía constar en el sindicato campesino en el que milité y
al que dediqué gran parte de mi vida. También en la Seguridad Social y en cada uno de los múltiples registros oficiales —de explotación agrícola, ganadero, producción ecológica, manejo de ganado, transportista de ganado…—, que tuve que obtener para que pudiera ser reconocido legalmente mi trabajo. Nos han convertido en unos agroburócratas. Pero de lo que no causé baja en julio de dos mil veintiuno fue lo de ser campesino. «Ser campesino y campesina es hermoso», he proclamado a lo largo de toda mi vida. Y en ello sigo. Ahora bien, ¿dónde quedan las personas que añoran ser campesinas y no han tenido el privilegio de disponer de los medios necesarios para poder serlo? ¿Es posible caminar hacia la necesaria recampesinización de la sociedad en un contexto donde la tierra se eleva a categoría de mercancía y se hace presa de multinacionales y fondos de inversión para la promoción en nuestros pueblos de negocios especulativos?
Este es el cuello de botella que hace difícil la propuesta del regreso al campo. Ante ello, no me queda la menor duda de que hay que seguir luchando por el derecho a la tierra.
Nos corresponde sublevarnos; el campesinado sigue siendo perseguido y expulsado de sus tierras para dejar espacio al agronegocio y a las industrias extractivistas. El movimiento de las muchas personas que desean volver al campo se topa con infinidad de impedimentos para conseguir sus sueños.
El derecho a la tierra para poder alimentarnos es inalienable y reconocido en algunos tratados de las Naciones Unidas. La tierra y todos sus bienes naturales no han de ser de nadie para que puedan ser de todas y todos. Solo quienes la cuidan y la abrazan han de tener el derecho a su uso. Este es el campesinado que siempre alimentará al mundo.
Y por último, cabe anotar que los caminos emprendidos para llegar hasta aquí han sido fecundos, pero no exentos de complejidades. Si te prestas a leer los siguientes con-textos campesinos entenderás por qué vinculándonos a la tierra encontramos la razón de ser del campesinado en el siglo XXI.
