13. El juicio de Baiona

Tal y como hemos visto en capítulos anteriores, a comienzos de la década de 1960 pudimos llevar una vida bastante normal en el norte de Euskal Herria: las empresas, instaladas en Biarritz y Hazparne; nosotros viviendo con nuestras familias y transitando por la calle como cualquiera. Por supuesto, detrás de esa tranquila apariencia, ETA conti­nuaba su labor en la sombra. Garantizábamos su existencia en la clandestinidad, y el hecho de estar en Iparralde nos dejaba las manos bastante libres. No hay que olvidar que en esa época disfrutábamos del estatuto de refugiados políticos: Francia nos protegía a medias de la bestia parda del Pardo.

Pero nuestro refugio pronto empezó a agrietarse y comprendimos que ya no éramos bienvenidos en la repú­blica de los derechos humanos. El 17 de noviembre de 1964, el Ministerio del Interior francés nos plantó de buenas a primeras una orden de expulsión. Se nos acusaba de ‘propaganda subversiva’ y también de ensalzar la revo­lución en una revista clandestina. Jose Mari Benito del Valle, Eneko Irigarai, Txillardegi y yo mismo, teníamos que dejar en 8 días el departamento de Basses-Pyrénées(31) si no queríamos que nos expulsaran de ‘territorio francés’. Por si fuera poco, se nos prohibía permanecer y residir en otros muchos departamentos, siempre según el documento refe­rido: Landes, Hautes Pyrénées, Gers, Haute Garonne, Tarn, Tarn-et-Garonne, Aveyron, Lot, Aude, Ariège y Pyrénées Orientales. Es decir, todos los que lindaban de cerca o de lejos con los Pirineos. Esa decisión era ilegal (32), ya que era incongruente imponer semejante castigo a los refugiados. Pero el objetivo del Ministerio del Interior era obvio: entor­pecer nuestro trabajo en la clandestinidad, apagar el fuego rebelde que habíamos encendido. ¿En colaboración con abertzales de Hegoalde? ¡Por supuesto que sí!, aunque eso no se haya demostrado nunca. Desde entonces, y a lo largo de la historia, los dos imperios sí han evidenciado, por el contrario, de manera fehaciente que se entendían perfectamente entre ellos si se trataba de perjudicar a los vascos.

No obstante, yo creo que entonces ni Francia ni tampoco España previeron la capacidad de movilización de los vascos de Norte y Sur. No parece que hubieran calculado qué estaba pasando en nuestro pueblo en los años previos, sobre todo en el norte: el formidable despertar de las conciencias. Para nosotros cuatro estaba claro que no queríamos vivir fuera del país, y mucho menos en las condiciones que nos imponía Francia. Vigorosamente ayudados por los compañeros de Enbata, creció a nuestro alrededor un apoyo inusitado. Decenas de personas se ofrecieron para escondernos y prote­gernos en sus propias casas. Es más, tuvimos el importante aval de representantes políticos electos. Entre otros muchos: el diputado Labeguerie; los senadores Petit y Errekart y los consejeros generales Poirier, Darraidu, Poulou, Goux, Ospital, Etxeberri-Aintxart e Intxauspe se reunieron en un bar de Baiona el 23 de noviembre de 1964. Aquel encuentro y el hecho de haber enviado a la Prefectura y al ministro de Interior una petición firmada por miles de personas tuvieron su efecto. Primeramente, fue aplazada la expul­sión quince días. Finalmente, el espectacular movimiento popular, las manifestaciones y las concentraciones hicieron retrasarla hasta el 20 de diciembre. Entre tanto solicitamos apoyo a famosos y comprometidos escritores franceses como Mauriac, de Beauvoir y Sartre.

Por desgracia, las cosas se fueron complicando para nosotros. A finales de noviembre de 1964, un sacerdote de Hendaia que estaba colaborando con ETA fue arrestado en la falsa frontera por los agentes franceses de aduanas, llevando cientos de postales en el coche —las vendíamos para obtener dinero para la causa—. El citado sacerdote, interrogado por los de la aduana y la policía, dio mi nombre y ésta, rápidamente, se presentó en Ikar, nuestra empresa de importación-exportación de Biarritz, para registrarla. Era el 28 de noviembre. En mi despacho encontraron una pistola del 7,65 desmontada y, también, una bolsa llena de pasaportes falsos, permisos de circulación y revistas Zutik!. Evidentemente, me acababa de ganar una estancia en la comisaría para ser interrogado.

Al mismo tiempo, nos surgió otro contratiempo: Ramón de la Sota. Este burgués de origen bilbaíno, pero que a la sazón vivía en Biarritz, denunció a ETA después de encon­trarse las cuatro ruedas de su vehículo pinchadas. Aquella acción fue suscrita con las palabras: «ETA. Primer aviso». Él puso una denuncia contra la organización acusándola de hacer chantaje e intento de extorsión económica.

Preciso aclarar varias cosas acerca de este sujeto. La primera, la enorme presión que ejerció en nosotros para que sus dos hijos ingresaran en ETA. Finalmente, los aceptamos. Él nos ayudaba económicamente, e incluso tenía pactado algo más: se comprometió a ingresar 500 francos al mes después de haber negociado la cantidad con nosotros. Pero, ni lo uno ni lo otro: Ramón de la Sota se echó atrás, vete a saber por qué, y nos metió en un buen lío… El dinero que nos debía ni lo vimos, se le dieron varios avisos y, al final, se le pincharon las ruedas. Pero se obstinó tanto contra ETA que llegó a formular una denuncia contra Eneko Irigarai y contra mí.

Por aquel asunto y el de las postales, Eneko Irigarai y yo pasamos dos noches en la comisaría de Biarritz y una en la de Baiona en diciembre de 1964. Después de los interroga­torios se fijó el juicio para el 7 de enero de 1965. A Eneko se le acusaba de intento de extorsión. En cambio, en mi contra pesaban las acusaciones de robo y ocultación de documentos y, también, tenencia ilícita de armas.

Durante ese periodo la expulsión de Txillardegi se había prorrogado hasta el 2 de enero, pero no se pudo llevar a cabo, ya que nuestro amigo estuvo escondiéndose de casa en casa, siempre magníficamente protegido. Se extendió el rumor de que iba disfrazado de fraile bajo el sobrenombre de hermano Matteo. La policía quiso registrar, con perros incluidos, la Abadía de Belloc, pero como faltaba un papel oficial para hacerlo, los superiores de los frailes les cerraron la puerta en las narices. Txillardegi envió una carta al Prefecto manifes­tando lo siguiente: «Señor Prefecto, he tenido conocimiento de su orden de expulsión. Teniendo en cuenta que estoy en mi propia casa, en el norte de Euskal Herria, y no teniéndole a usted en consideración, me quedo en casa». En el caso de Benito del Valle, no pusieron plazo a la expulsión.

El 7 de enero hubo un gran revuelo en torno al juicio. El pueblo nos apoyó de manera entusiasta, el tribunal estaba abarrotado y el ambiente muy caldeado. Era el primer juicio que se realizaba en contra de vascos en el norte y lo alborotó todo, despertando aún más las conciencias. Las pintadas a nuestro favor ‘decoraron’ los distintos lugares de nuestras calles y carreteras.

Desde el comienzo, el juicio fue conflictivo: Eneko y yo nos negamos a hablar en francés. Esto era realmente nove­doso en aquella época y el juez Lafont, desconcertado, fue testigo de lo insólito de nuestra situación. Él se obstinó, pero nosotros también. Nos hicimos los tontos argumentando que habíamos olvidado el francés…. «¿Cómo? En la comisaría ustedes siempre han respondido en francés a los interroga­torios, y mira ¡qué casualidad, en un día se les ha olvidado!». De entre el público salió una persona para hacer de intér­prete… ¡Y el juez lo aceptó!

El juicio continuó y reconocí que, efectivamente, yo tenía para mi defensa personal una pistola Beretta comprada en Italia tres años antes; además admití que la bolsa llena de documentos falsos y clandestinos me la había dado otro abertzale y que yo no sabía lo que había en su interior. El juez Lafont dijo que esa no era la opinión de la policía. Para rematar la primera parte del juicio, nuestro abogado y amigo personal, Maurice Abeberri, recalcó que los informes hechos por la policía eran contradictorios. Lo cierto es que jamás, ni los jueces ni la policía, han probado que yo supiera lo que contenía aquella bolsa.Seguidamente se examinó el caso de Ramón de la Sota: evidentemente, Eneko Irigarai, negó todas las acusaciones que se le habían hecho. Posteriormente apareció el señor de la Sota y el procurador Descomps le explicó nuestra versión: que él había convenido en ingresar una cantidad y, también, incitado a sus hijos a ingresar en la organización. Sota lo negó todo y afirmó que él era miembro del PNV y nada tenía que ver con ETA. En la revista Zutik! del verano precedente lo habíamos presentado como uno de nuestros apoyos más relevantes. Aun así, subrayó que todo aquello le sorprendía e hizo recordar a los presentes que le habían pinchado las ruedas del coche.

Así pues, los testigos pasaron uno a uno a declarar por la tribuna. Eran diecisiete y todos de nuestra parte. Todo fue memorable ¡Qué confusión! ¡Qué jaleo! Aplausos, gritos, silbidos… La mayoría quiso dar su testimonio en euskera y el juzgado se lo denegó, todo ello entre gritos ¡Cuánto nos reímos! Bueno, con los primeros testigos no tanto, ya que eran los oficiales de policía y de aduana que llevaron la investigación.

Sin embargo, cuando nuestro amigo y testigo el cura Piarres Xarriton apareció a declarar como testigo de mora­lidad, pronunció sus primeras palabras en latín, retomando las palabras de Benedicto XV, y el juez, creyendo que estaba hablando en euskera, lo expulsó de la sala: «Les he prohibido a ustedes hablar en euskera. ¡Fuera!». Genial. Después, llegó el turno del obispo Larrañaga, misionero en China. Este hizo saber a los miembros de la sala que no hablaba más que euskera, castellano y chino, y al levantar la mano derecha y jurar se le escaparon las palabras en castellano…El juez Lafont perdió la paciencia: «Si Ud. no es capaz de hablar en francés ¡salga de la sala!». ¡En el templo de Francia los sacrosantos latín y castellano no se admitían!

El siguiente fue Telesforo de Monzón y juró muy formal­mente en francés, sí, pero en cuanto acabó el juramento, comenzó su gran discurso dándole la espalda al juez y vuelto hacia el público, y en euskera «¡Fuera!» —ordenó el juez. ¡Qué follón! El juez amenazó con que haría desalojar la sala.

Nuestros testigos, aparte de los citados fueron el dipu­tado Labeguerie, Paul Dutournier, alcalde de Sara, los curas Azpiazu y Mendiburu, Marc Legasse, Kepa Ordoki, comandante del batallón vasco en Pointe de Graves, Jean Louis Davant… Tal y como apareció publicado en el perió­dico de la época Républicain du Sud Ouest, «la fine fleur du nationalisme basque». El testimonio de Jean-Louis Davant fue esclarecedor. Por un lado tuvo que aclarar que constaba como directivo de nuestra empresa Ikar solo con el fin de podernos dar la ayuda que le habíamos solicitado como favor, ya que carecíamos de nacionalidad francesa. Por otro lado recalcó que Eneko Irigarai y yo mismo habíamos recibido repetidas amenazas de muerte.

Nuestra estrategia fue simple: que todos los conocidos tomados por testigos de moralidad declararan que éramos personas de bien, empresarios y padres de familia. Además, algunos insistieron en que las acciones que se nos imputaban se debían situar en un contexto de lucha política y no como delitos comunes. El fiscal no nos hizo ni caso. Esto fue lo que dijo en su petición de acusación: «Las causas, sean cuales fueren, no convierten a los delitos comunes en legítimos, aunque sean aquellos los delitos, consecuencia o resultado de un concepto idealista, filosófico, que no político. No valió de nada traer tantos testigos para aprender lo que ya conocíamos todos: el honor de las familias de los encausados y el hecho de que estos sean miembros de la organización separatista ETA. En esencia, los verdaderos revolucionarios no se encuentran en abundancia… Vuestros amigos llegan demasiado tarde. Es peligroso usar las ideas y seguir a los héroes de una lite­ratura soñada… Por lo que respecta al intento de extorsión, los métodos de ETA son los mismos que usan el FLN (33) y la OAS (34)». Descomps pidió para mí una pena de un año de prisión y otra de seis meses para Eneko Irigarai.

Nuestro abogado Maurice Abeberri hizo un excelente discurso de defensa: «Estamos viviendo un juicio muy especial. Los acusados lo han dejado todo para seguir la lucha. Madariaga e Irigarai continúan la causa de sus padres, son los mejores hijos de Euskal Herria. Quieren construir un mundo mejor. Han soñado con devolver a su patria el verda­dero rostro en una Europa que está en paz consigo misma. Un ideal de patria es lo que ha encendido a estos patriotas vascos». Finalmente destacó que nuestro juicio no tenía base sólida de apoyo.

Entre nuestro abogado defensor y el fiscal hubo un inte­resante intercambio dialéctico. Baste recordar que nuestro juicio duró siete horas. La decisión final la supimos el 27 de eero: a los dos nos condenaron a 6 meses de prisión. Obvia­mente, para entonces ya habíamos huido. Veremos cómo y por dónde.

Quisiera acabar el capítulo con una reflexión sobre aquel juicio. El caso fue un magnífico escaparate para nuestra lucha, tanto para dar a conocer a ETA y publicitar las ideas de los abertzales, como para sacudir conciencias, porque el juicio contra nosotros se publicó, no solo a través de la prensa de Euskal Herria, sino también de Francia y resto de Europa. En general gozábamos de verdadera simpatía. Leyendo los artículos y examinando el vocabulario, algo me ha llamado la atención: en 1965 éramos ‘rebeldes’, ‘resistentes’, ‘autono­mistas’, ‘independentistas’, ‘nacionalistas’, ‘separatistas’.

Entonces para la gente de bien no éramos ‘terroristas’. A bon entendeur

Notas:
(31). Bajos Pirineos. Hoy comprende el actual Departamento de Pirineos Atlánticos e integra las tres provincias vascas del norte de Euskal Herria, más el Béarn.
(32). Los refugiados políticos en el mini imperio francés son como las vacas sagradas en la India: intocables; o lo eran.
(33). FLN: Frente Nacional de Liberación (Argelia).
(34). OAS: Organisation de l’Armée Secrète (Organización del Ejército Secreto) (Francia).

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